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En la sala de espera del hospital de mascotas estaba Periquín, un lorito de hermoso plumaje verde claro. Bajo el pico, un triángulo rojo le daba alegría a todo aquel verde, y el mismo rojo también coloreaba algunas plumas de sus alas. Parecía risueño y divertido.
Minutos después se abrió la puerta de la sala y apareció una joven con una jaula, en la que traía un loro idéntico a Periquín. Al verlos juntos, se podía pen- sar que eran gemelos.
A Periquín le pareció que el desconocido estaba enfermo, triste e infeliz. No le importó gritar, allí donde se solicitaba silencio, para preguntarle por qué daba la impresión de ser tan desventurado.
—No te interesa, amigo —susurró el desconocido.
—Disculpe usted. ¡Amargado, además! –volvió a gritar Periquín, ahora con un tono irónico en sus palabras. Comprar ahora mismo en Lulu.com 
En ese momento las dueñas de los pericos pidieron disculpas a todos los pre- sentes; aquella sala estaba repleta de animalitos acompañados por sus due- ños, que mantenían un ambiente de armonía y un silencio ceremonial.
La actitud de los pericos era completamente inadecuada, ¡nunca había suce- dido antes algo así!, pero esto dio lugar a que las dueñas se presentaran.
—Hola, mi nombre es Samantha, y él es Periquín. Lamento su comportamiento
—trató de disculparse la joven.
—Hola, soy Cristina, y él es Perko. Yo también lo siento, este pájaro siempre es muy tranquilo. Me extraña el alboroto.
—Ah, ¿y tiene nombre ese amargado? –gritó otra vez Periquín
Continúa...
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