Milady González ®

El monstruo

Vino despacito, disfrazado en su breve estatura. Lo miró de lejos para no sorprenderlo, quiso descubrir sus deditos en la gran mano que colgaba a un lado de la cama.

La tambaleante ternura apenas tocó los bellos que cubrían la piel de los gigantescos brazos, advirtió que los suyos estaban desiertos. ¡Qué sorpresa!

Del formidable estómago que se inflaba frente a él se empujaban bruscos latidos; bum, bum, bum, bum... un ronquido atroz aterró a la prematura curiosidad y sin quererlo de su recién estrenada boca un grito irracional despertó al monstruo “papaaaaaaaaá”.

 

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