| Carla la caracolita |
Carla, la caracolita, tiene casa nueva. Se la dejó la creciente, cuando los ríos llenaron sus barrigas de agua a causa de los abrumadores torrenciales.Esta no es la primera casa de Carla, antes ha tenido otras, pero siempre crece y crece y se ve obligada a dejarlas. El nuevo caracol de Carla es muy pesado, a penas y puede llevarlo a donde va. Su madre la anima y le dice: –Debes esforzarte y llevar tu casa de paseo para que se vuelva liviana como la que tenías antes. –Carla la mira con ojos tristes y haciendo más que el esfuerzo aconsejado por su madre arrastra con visible dificultad el pesado armazón que lleva en su espalda. Para Carla, este caracol no ha sido una solución, se sentía muy a gusto con su casa vieja, aunque tuviera que forzar su cuerpo para entrar en ella. Era muy liviana y la hacía verse mucho más delgada y hermosa. Por eso un día, Carla volvió al lugar a donde había guardado su pequeña casa, salió del enorme caracol que llevaba en la espalda y se apresuró a introducir su cuerpo en la vieja, pequeña y desvencijada casa; pero por más que intentó ponérsela no pudo y muy a su pesar, tuvo que volver a introducirse en la enorme cobija que acababa de abandonar. Cuando volvió al lado de su madre, llorando muy triste y apesadumbrada, ésta le aseguró que en poco tiempo sentiría tan suya esa nueva cobija que ni se acordaría de la vieja. Ella negó tales sentimientos de abandono y se marchó arrastrando su casa con más dificultad que antes. Una noche mientras Carla dormía, su casa desapareció. En principio se sintió feliz –Ya encontraré una que me quede justo a la medida– Le aseguró a su madre, pero los días pasaron y como no podía salir en busca de su nuevo y perfecto hogar, el pánico se apoderó de ella y no dejaba de lloriquear todo el tiempo. Sin su cobija, corría el riesgo de ser atacada por insectos, especialmente por las hormigas que cuando encuentran criaturas como Carla, sin casa, lo devoran como el más delicioso manjar. Se mantuvo oculta días enteros, su madre trataba de animarla y le buscaba alimento, pero ella no tenía consuelo. Entonces conmovida por la profunda tristeza de Carla, la madre, le devolvió el caracol que ella misma le había sacado mientras dormía, para que de una vez por todas entendiera la lección. No se equivocó, Carla vio su casa y no pudo ser más feliz. En aquel momento se olvidó para siempre de su vieja cobija, y en lo adelante nunca más volvió a quejarse de lo grande y pesada que era su nueva casa. |
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