 Boca abajo, con la espalda puesta al sol, con el diminuto cuerpo cubierto por agua amarillenta, la extraña criatura del estanque empezó a ahogarse: tragó agua, sintió la suciedad atorársele entre boca y nariz, pataleó con desesperación para así despertarse. Su recurrente pesadilla era peor que cualquiera porque al volver a despertarse descubría que en verdad se estaba ahogando. Escupía el musgo y la tierra que tragaba en busca del soplo de aire que le salvara de la muerte, lo que había deseado mil veces desde que se encontraba en aquel lugar; pero cuando tenía la oportunidad no se quedaba quieto hasta sucumbir en el silencio de la tarde, del cual se aferraba hasta sentir su resonancia desarmonizando sus sentidos. Mientras el sol hacía su ardua tarea de calentar despiadadamente el estanque, las piedras y a los gusarapos que cohabitaban este frio lugar.
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En la sala de espera del hospital de mascotas estaba Periquín, un lorito de hermoso plumaje verde claro. Bajo el pico, un triángulo rojo le daba alegría a todo aquel verde, y el mismo rojo también coloreaba algunas plumas de sus alas. Parecía risueño y divertido.
Minutos después se abrió la puerta de la sala y apareció una joven con una jaula, en la que traía un loro idéntico a Periquín. Al verlos juntos, se podía pen- sar que eran gemelos.
A Periquín le pareció que el desconocido estaba enfermo, triste e infeliz. No le importó gritar, allí donde se solicitaba silencio, para preguntarle por qué daba la impresión de ser tan desventurado.
—No te interesa, amigo —susurró el desconocido.
—Disculpe usted. ¡Amargado, además! –volvió a gritar Periquín, ahora con un tono irónico en sus palabras.
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Pastando distraída se encontraba una manada de vacas lecheras. — ¿Por qué se llevan a nuestras crías por las tardes? —preguntó una joven vaquita que no pastaba, mientras miraba en la distancia hacia el lugar por donde se llevaron a las crías.
— Se los llevan para evitar que consuman toda la leche que hay en nuestra ubre —respondió una de las experimentadas madres. Aquél era su cuarto becerro en aquel lugar. Antes de ser vendida a su actual dueño ya había tenido uno, pero se había quedado en la otra granja y no lo había vuelto a ver.
La joven vaquita no entendió. Quedó confundida y pensando en otras preguntas que le inquietaban. “¿Por qué se llevaban a su becerro a pasar hambre? ¿Para qué guardaban la leche? ¿Quién cuidaba de los becerros cuando no estaban con sus madres?”
Fue separándose de las demás vacas, pero la vaca con la que habló la siguió. Recordó cuánto había sufrido ella cuando le sucedió igual. Sabía, además, que la joven vaquita se sentiría aún peor cuando supiera la verdadera razón de la separación.
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